Al principio fueron mis sobrinos. Después, sus hijos. Me pedían que les
contara historias de mis viajes. Que les hablara de elefantes, de castillos de
roca, de ríos tan grandes como ciudades. Paciente, les contaba mis pocas
hazañas y siempre guardaba para el final la historia más fascinante. No era
mía, era un préstamo. Igual que todas las historias que quedan bajo tu custodia
cuando el dueño te cede el privilegio de contártela a cambio de un café.
La historia de Clementina Söderström me llegó un día de lluvia a cambio de
un café de puchero: dulce, sin azúcar, caliente y con sabor a vasija. Casi como
su historia. La lluvia hacía de cortina en la ventana, aislándonos de todo lo
de fuera. Convirtiendo la habitación en un refugio para esa historia hecha de
años y ya revestida de arrugas. Esa historia era suya y Clementina me la fue enseñando
a través de fotos, cartas, y viejos libros que iba mostrando al compás de su
narración. Comenzó sacando, con mucho cuidado, una ramita seca de espliego y la
dejó al lado de mi taza.
Porque a espliego olían sus primeros años.
Recordaba que su casa eran dos
habitaciones separadas del frío de fuera por una pared de piedra encalada. Ella
dormía en lo que, durante el día, servía de cocina y sala. Cerca del hogar, su
madre le acomodaba una cama hecha de flores frescas y paja mullida envuelta en
una sábana de lino. Le acurrucaba bajo mantas y todas las capas de abrigo que
podía encontrar. Era el lugar más privilegiado, al lado de las brasas que
quedaban del día. Esos primeros días, Clementina era feliz en ese pequeño
pueblo hecho de casas pobres, cagarrutas de ovejas y olor a leña húmeda.