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26 de enero de 2016

Un trocito de Jairo y Mati

De hace mucho. Un fragmento.
*

-          Vivo aquí – dijo Mati señalando una robusta puerta de madera.- No hay ascensor pero, ¿te apetece subir?
Lo decía así, con naturalidad y con su silbido, y nadie le podría haber dicho que no. Esa cervatilla atrapaba sin miramientos ni trampas a su cazador. 
Era un último piso. Las escaleras eran viejas y crujían en cada pisada. El mismo sonido que se escucha al pisar los escenarios (al menos, el escenario que había en el salón de actos de mi colegio, al que me enfrentaba en cada función de fin de curso) y, tal vez por eso, o tal vez porque lo sentía de verdad, los nervios me hicieron un nudo en el estómago y el corazón se me aceleraba en cada crujido. 
Mati abrió la puerta con un tintineo de las llaves y abrió a aquella casa que olía a hierba, a madera, a calefacción y a guiso. Se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio y adiviné que más gente vivía ahí. Pasamos por un pasillo y, de pasada, atiné a ver un salón desordenado, con unos cojines en el suelo y ceniceros a rebosar sobre una pequeña mesa.
Seguí a Mati por un pasillo a oscuras y me excité pensando en lo que podría venir después. Abrió una puerta y me invitó a pasar. Cuando ella encendió la luz tenue de una lámpara de mesilla, ante mí apareció el universo de aquella pequeña mujer y,  no dudo en afirmar, que en aquel momento empecé a enamorarme por primera vez en mi vida.
El perfume dulzón que descubrí el día anterior en el ascensor rellenaba cada esquina de ese pequeño museo. Sobre estanterías y viejos muebles rescatados se agolpaban a la vez ropa doblada, libros, hojas y pequeños muñecos. En un rincón, un estuche medio abierto descubría lo que parecía una trompeta. Las paredes estaban desnudas, pintadas de un blanco que hace tiempo dejó de ser blanco, y a sus pies, apoyadas en un rodapiés carcomido, aparecían recortes, fotos, pedazos de papel anotados.


25 de enero de 2016

La historia de Clementina Söderström (I)

Al principio fueron mis sobrinos. Después, sus hijos. Me pedían que les contara historias de mis viajes. Que les hablara de elefantes, de castillos de roca, de ríos tan grandes como ciudades. Paciente, les contaba mis pocas hazañas y siempre guardaba para el final la historia más fascinante. No era mía, era un préstamo. Igual que todas las historias que quedan bajo tu custodia cuando el dueño te cede el privilegio de contártela a cambio de un café.
La historia de Clementina Söderström me llegó un día de lluvia a cambio de un café de puchero: dulce, sin azúcar, caliente y con sabor a vasija. Casi como su historia. La lluvia hacía de cortina en la ventana, aislándonos de todo lo de fuera. Convirtiendo la habitación en un refugio para esa historia hecha de años y ya revestida de arrugas. Esa historia era suya y Clementina me la fue enseñando a través de fotos, cartas, y viejos libros que iba mostrando al compás de su narración. Comenzó sacando, con mucho cuidado, una ramita seca de espliego y la dejó al lado de mi taza.
Porque a espliego olían sus primeros años. 
Recordaba que su casa eran dos habitaciones separadas del frío de fuera por una pared de piedra encalada. Ella dormía en lo que, durante el día, servía de cocina y sala. Cerca del hogar, su madre le acomodaba una cama hecha de flores frescas y paja mullida envuelta en una sábana de lino. Le acurrucaba bajo mantas y todas las capas de abrigo que podía encontrar. Era el lugar más privilegiado, al lado de las brasas que quedaban del día. Esos primeros días, Clementina era feliz en ese pequeño pueblo hecho de casas pobres, cagarrutas de ovejas y olor a leña húmeda. 


17 de enero de 2016

Niebla

Dijo adiós y siguió andando. La niebla era espesa. Blanca. Pesada. La atravesaba dando pasos pequeños. No veía dónde iba.
A veces, olía a asfalto mojado. Otros pasos, eran hierba húmeda y mullida. Y ella caminaba con esa ceguera blanca. Las manos por delante buscando no chocarse. 
A veces, sentía que alguien pasaba cerca de ella. Una sombra blanca, otro paso tímido, otro paso rápido.
Ella miraba de un lado a otro pero estaba perdida. Los ojos le dolían. Y la respiración se le volvía agua que le iba mojando poco a poco. 
Buscaba el camino y no lo encontraba. Buscaba los pasos que había dado pero no quedaban marca.
Se quedó quieta. Pensó en el salvador al que había dejado pasos atrás. Su lengua era como una hostia sagrada. Y todo lo que emanaba de él era un vino bendito. Le había dejado la piel lamida, el alma purificada saliéndole de entre las piernas y moratones por dentro del pecho. Gracias a él, las caderas las tenía satisfechas pero con cada paso le sonaban los añicos de cariño roto. 
Quiso llamarle. Pero la niebla se le había acomodado en la garganta. 
Quiso llorarle. Pero se le formó escarcha en los ojos.
Se tumbó mirando a ese cielo blanco. A esa niebla infinita. Las piedras del suelo le recorrían la espalda pero no sabía diferenciar el cielo del suelo. Y rezó. No a un dios ni a dioses. Se le escaparon plegarias a ese salvador de carne y aliento. Que volviera. Que su lengua sagrada le tocase. Que le bendijese como él lo hacía.

Pero no llegó. Se quedó dormida. Y esa escarcha, que le había cubierto los ojos, le llenó por entero. La niebla la arropó. Fría. Blanca. Espesa.
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